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Ojalá que la Alegría habite en todos los corazones

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Ojalá que la Alegría habite en todos los corazones

La palabra alegría proviene del latín “alicer” o “alecris”, que significa “vivo y animado.” Desde el punto de vista de la semántica, designa un estado de ánimo producido por un acontecimiento favorable que suele manifestarse con signos exteriores como la sonrisa, el buen ánimo y el bienestar personal.

Deseamos estar vivos y animados para enfrentar los retos de cada día, pues, si analizamos los acontecimientos pasados de nuestras vidas, tal vez podemos ver que cuando nos enfrentamos con los problemas de una forma positiva y feliz, solemos conseguir mejores resultados que si nos dejamos llevar por la tristeza y el abatimiento.

Esto nos lleva a otro término muy relacionado con la alegría: la felicidad. También es un estado de ánimo que nos hace sentirnos satisfechos y alegres. Se puede asociar a las emociones a través de la palabra griega “eudaimonía” que traducimos por felicidad y tiene el significado de floración, pleno desarrollo, realización, gracia.

Hay emociones que favorecen el pleno desarrollo y la expansión de la felicidad y la alegría, mientras que otras nos destruyen. Si una emoción refuerza nuestra paz interior y tiende al bien de los demás, es positiva; si destruye nuestra serenidad, altera profundamente nuestra mente y perjudica a los demás, es negativa.

La alegría que procede del interior no necesita nada externo para hacerse real, no se alcanza por la riqueza, la belleza o el poder. Es un estado, una forma de ser. Se es o no se es alegre independientemente de las circunstancias. Esto parece contradictorio con la idea de tristeza que nos invade en determinados momentos de la vida por la pérdida de un ser querido, la enfermedad, los sinsabores en general que la vida te depara…, pero aún en esas circunstancias todo se supera mejor si la alegría vence a la amargura.

Uno de los caminos para estar alegres es el amor, pero no el amor posesivo que destruye, sino el amor altruista, entendiendo por tal la alegría de compartir la vida de los que nos rodean y de contribuir a su felicidad. Queremos a los demás por lo que son y estamos interesados en su felicidad, no en poseerlos. El amor altruista abre una puerta interior que hace inoperante el sentimiento de la importancia de uno mismo y, por lo tanto, el miedo; nos permite dar con alegría y recibir con gratitud. Para preservar este amor altruista en nuestro interior, debemos estar atentas y no dejarnos invadir por el peor veneno contra el amor que es el odio, cuyo primer escalón puede ser la envidia, la ira o la maledicencia.

Cediendo al odio o a cualquiera de sus manifestaciones, no necesariamente causamos daño a nuestro enemigo, pero a buen seguro nos perjudicamos a nosotras mismas, ya que perdemos nuestra paz interior, no vemos con claridad y no podemos hacer nada de forma correcta.

Además puede que, si nos dejamos llevar por el odio, ahuyentemos a los amigos, hagamos la vida imposible a los que viven con nosotras y cada vez estemos más solas. Una vez que la amargura nos invade, ya no somos dueñas de nosotras mismas y nos resulta imposible pensar en términos de amor y compasión. Sin embargo, el odio siempre empieza con una simple herida, un dolor o un menosprecio que sentimos… Cuando comienza ese sentimiento, debemos reconocerlo como tal y combatirlo para que no nos domine.

La ignorancia de los hechos y sucesos no conducen a estar más alegres. Hay que ser conscientes de la realidad, de lo bueno y de lo malo, y ser capaces de aceptarlo y asimilarlo, de tratar de cambiar lo que esté en nuestra mano y de no amargarnos y desesperarnos por lo que está fuera de nuestro alcance.

Cuando propiciamos un ambiente crispado por la ira y la maledicencia, cuando imponemos nuestras aspiraciones y necesidades a los que nos rodean, cuando solo pensamos en nosotras mismas y en nuestra propia satisfacción, más efímero es el placer que alcanzamos y la insatisfacción y la ansiedad nos embargan, lo cual nos aleja de la alegría verdadera.

Mientras que, si somos sinceras con nosotras mismas, podemos constatar todo esto, ya que cuanto más amor hemos sentido por los que nos rodean, cuanto más hemos compartido los problemas, cuanto más sosegado y tranquilo es el ambiente que propiciamos, más nos invade la paz interior y la sensación de alegría en nuestro corazón.

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