Parte I: Gertrudis Gómez de Avellaneda

Fuente imagen: Museos de Tenerife
Queremos finalizar esta serie que hemos compartido con nuestros lectores sobre las mujeres que han logrado ser admitidas en la Real Academia Española incluyendo aquellas otras que, a pesar de sus muchos méritos, fueron rechazadas por el hecho de ser mujeres.
Sin embargo, empezamos hablando de la primera mujer académica honoraria, que fue elegida en 1784. Se trata de María Isidra Quintina de Guzmán y de la Cerda, Marquesa de Guadalcázar, que aceptó el nombramiento y pronunció su discurso de agradecimiento. Conocida como la “Doctora de Alcalá”, era una protegida de Carlos III y su mérito fue ser la primera mujer en conseguir en España un doctorado universitario a los 17 años, en lo que influyó poderosamente la proximidad de su familia al monarca, ya que, aunque su valía personal era mucha, dicha cercanía le permitió el acceso a la Universidad siendo mujer. También fue pionera en entrar en la Sociedad Económica Matritense, prestigiosa entidad que llegaría a estar presidida por Jovellanos.
Sin embargo, no tuvieron tanta suerte otras escritoras y estudiosas que desarrollaron sus obras en fechas posteriores a María Isidra.
Este fue el caso de Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), cubana de nacimiento y una auténtica celebridad en su tiempo por su poesía, sus novelas y su teatro. Es uno de los mayores exponentes de la literatura del romanticismo español y publicó en 1841 la primera novela antiesclavista, “Sab”, años antes de la famosa “La cabaña del tío Tom”. Defendió la igualdad de derechos de las mujeres a la educación, a la participación en la vida pública, al divorcio, al acceso a la administración de los intereses públicos, tanto en artículos de prensa como en su producción literaria.
Su candidatura a la R.A.E. fue rechazada en 1853, con el argumento de que el reglamento de la institución no contemplaba la entrada de mujeres. Los académicos de entonces ni siquiera aceptaron su candidatura. Unos años después escribió este texto:
“¡Ah! ¡no! También ese terreno (el literario y artístico) le ha sido disputado palmo a palmo por el exclusivismo varonil (a la mujer), y aún hoy día se la mira en él como intrusa y usurpadora, tratándosela, en consecuencia, con cierta ojeriza y desconfianza, que se echa de ver en el alejamiento en que se la mantiene de las academias barbudas. Pasadnos este adjetivo, queridas lectoras, porque se nos ha venido naturalmente a la pluma al mencionar esas ilustres corporaciones de gentes de letras, cuyo primero y más importante título es el de tener barbas. Como desgraciadamente la mayor potencia intelectual no alcanza a hacer brotar en la parte inferior del rostro humano esa exuberancia animal que requiere el filo de la navaja, ella ha venido a ser la única e insuperable distinción de los literatos varones, quienes -viéndose despojados cada día de otras prerrogativas que reputaban exclusivas- se aferran a aquella con todas sus fuerzas de sexo fuerte, haciéndola prudentísimamente el sine qua non de las académicas glorias”.
