Identidad y alteridad, las diferencias nos enriquecen

mayo 19, 2022

PARTE II: LA DIFERENCIA NOS ENRIQUECE

En este mundo globalizado y convulsionado urge la implementación del respeto hacia la diversidad, pues de otra forma no podríamos llegar al desarrollo y crecimiento tan deseado, al excluir a determinados grupos de personas de la participación conjunta. Hay que partir de la educación de los más pequeños, en la que se les debe hacer ver que la diferencia existe, que cada persona es única y que todos tenemos algo que nos diferencia. Las verdades absolutas no existen, pues cada persona interpreta la realidad de manera distinta, por lo que cualquier forma de vida es válida, siempre que no atentemos contra la dignidad y los derechos de las demás personas con las que compartimos el mismo espacio.

Este proceso de cambio cultural y moral exige personas que se hayan forjado una gran sensibilidad y conciencia de sí mismas ligado a los vínculos que todo ser humano va construyendo a través de la familia, la escuela, los grupos de pertenencia y posteriormente los ámbitos laborales y de ocio. Y para que esos vínculos sean seguros, acogedores y fraternales necesitamos un marco de convivencia basado en la confianza, la aceptación, el respeto mutuo y el amor. Generar este marco de convivencia es una apuesta que exige valentía y determinación y en este proyecto se encuentra comprometida la Masonería.

Asociamos el Progreso moral de la humanidad a la superación de prejuicios limitantes, egocéntricos y rígidos, así como a la defensa de planteamientos más abiertos, más humanistas, más centrados en el bien común, más ligados a construir una sociabilidad enriquecida por las diferencias.

Para ello hace falta un acuerdo que no anule las diferencias ni las identidades de los otros, pues entonces no será un acuerdo sino una imposición. La búsqueda de puntos de encuentro para vivir y convivir mejor requiere conciencia de reciprocidad, apertura mental y determinación para progresar desde la afirmación y la alianza en el consenso ético y en el avance hacia la universalidad de los valores éticos democráticos.

El problema que suele surgir no está en la identidad sino en la forma de vivirla, llevando la identidad a una sublimación y a una exacerbación con tintes heroicos y épicos que olvida el aprendizaje y el esfuerzo necesario para elaborar, a través de un ejercicio de alteridad, el encuentro con los otros, los diferentes. Cuando se convierte a los otros en los enemigos se genera un relato identitario excluyente, intolerante, e incluso, con rasgos impositivos y totalitarios. La exacerbación de los elementos identitarios de un grupo o de una sociedad, se ha asentado históricamente sobre los prejuicios, el miedo y el odio. Las guerras de religiones y los nacionalismos excluyentes son ejemplos claros de este fenómeno. Expresan la incapacidad de la humanidad para colaborar y buscar el encuentro en lugar del enfrentamiento.

La afirmación “la diferencia nos enriquece” se convierte en una práctica real si ejercitamos prioritariamente la Fraternidad de nuestra divisa masónica con una buena dosis de Tolerancia hacia todos los que nos rodean y, en definitiva, hacia el género humano en su totalidad. La Libertad y la Igualdad también están implicadas en una valoración positiva de la diversidad.

En las últimas décadas esta afirmación ha ido ganando terreno en las sociedades avanzadas, sobre todo, en lo que se refiere a la aceptación y valoración positiva de las diferencias raciales, sexuales, culturales y personales aunque en estos momentos estamos asistiendo a la subida de los populismos, de la intolerancia, de la xenofobia y del racismo. El alcance que estos movimientos vayan a tener está aún por ver. Lo que está claro es que los discursos del miedo se expresan unas veces en un lenguaje simple y contundente y otras veces se emplean eufemismos y medias verdades. Nos preguntamos si los avances en la aceptación de la diversidad se quedan en lo superficial o si obedecen a un cambio cultural profundo y real. En cualquier caso nuestro objetivo es trabajar a favor del arraigo de la interculturalidad y de la ética del mestizaje.

La interpretación esencialista de la identidad tiende a negar la alteridad o a subsumirla absorbiéndola o simplemente imponiendo el relato identitario de la persona o colectivo más fuerte. Es, pues, una cuestión de poder. Desde esta interpretación se valoran las diferencias de un modo negativo y se tiende a eliminarlas lo más posible. Considera que las diferencias empobrecen. Los discursos muy centrados en valorar la identidad propia en lo personal y la identidad colectiva o patriótica en lo social tienden a justificar posiciones etnocéntricas, totalitarias y exclusivistas.

Frente a esta interpretación se situaría la interpretación narracionista de la identidad que se mostraría de acuerdo con la afirmación de que “las diferencias enriquecen”. Ninguna diferencia marca ninguna superioridad ontológica o dicho de otro modo, ser creyente no es más ni menos valioso que ser ateo. Ser de derechas no es más ni menos valioso que ser de izquierdas. Se puede ser de muchas maneras y todas son válidas ¿Entonces, todos los relatos son válidos? Desde el punto de vista gnoseológico, es decir, de cuanta verdad hay en ellos, sí. Pues no existe una verdad, un relato que sea el único verdadero. Ahora bien, desde el punto de vista ético hay narraciones que resaltan la dimensión moral del ser humano que no es otra más que el modo en que administramos la libertad de todos. Valorar las diferencias como enriquecedoras supone una apertura hacia el exterior del sujeto, hacia otros relatos y otros modos de vivir, hacia una búsqueda que se enriquece con la aportación de todos.

¿Esto quiere decir que todo vale? No, quiere decir que nadie tiene la verdad que pueda imponer a los demás y que todos los relatos tienen justificación a no ser que traspasen ciertos límites. Y los límites son los derechos inalienables de todo ser humano.

Ante las tentaciones totalitarias de quienes se sienten amenazados por la ausencia de verdades y valores absolutos y ante los modernos relativismos que se abstienen de valorar y, por lo tanto, abandonan todo discurso ético, necesitamos una ética contemporánea desde el respeto y el reconocimiento mutuo y que profundice en lo que nos une más que en lo que nos separa. Una unión que no suponga homogeneidad, que acoja las diferencias, y que apueste por el bien común frente a los individualismos y a los totalitarismos. Una ética de mestizaje o de la interculturalidad entendida no como mera mezcla sino como una nueva visión que supere las actitudes etnocéntricas y elitistas.

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