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De Prometeo al transhumanismo o a Jano

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De Prometeo al transhumanismo o a Jano

Parte I: Avances tecnológicos e implicaciones éticas

El término transhumanismo, tal como lo entendemos hoy, data de 1957, cuando Julian Huxley, naturalista y biólogo inglés, teórico de la eugenesia (campo de la genética aplicada que busca mejorar la especie humana), utilizó por primera vez el término en una de sus obras: “New Bottles for New Wine“.

La filosofía transhumanista está financiada y apoyada en gran medida por los gigantes digitales de Silicon Valley, los llamados GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) y por el ámbito del armamento y aeronáutica.

El término singularidad proviene del lenguaje de las matemáticas y la física, y se refiere al momento en que la inteligencia artificial superará a la inteligencia humana ordinaria. Según estimaciones basadas en la Ley de Moore, la potencia de las computadoras y los procesadores duplica su capacidad por ciclo de 18 meses. Este hito de singularidad se cruzaría alrededor de 2050, abriendo así la caja de Pandora a una sumisión parcial o total del ser humano a sus artefactos. Si se comprobara la verificación de la tesis darwiniana, entonces la Humanidad estaría seriamente en peligro, pues habría competencia dentro de la diversidad de inteligencias, lo que necesariamente conduciría a la selección de la inteligencia artificial.

Este miedo delata una mala comprensión de lo que es la inteligencia humana. Es multidimensional, cada tipo de cognición responde a una necesidad específica, vinculada a la adaptación de un sistema biológico a su entorno y a una función fisiológica. La cuestión del soporte condiciona y da sentido a la naturaleza profunda de una inteligencia. El sometimiento de la humanidad a la inteligencia artificial no es irrevocable.

Algunos pensadores del transhumanismo abogan por la aceptación de esta fatalidad y afirman como necesaria la adopción de la inteligencia artificial y las nanotecnologías en nuestra red cerebral, antes de que nuestra conciencia sea transferida a un medio no biológico.

De ahí surge una nueva cuestión, la trascendencia o materialidad de la conciencia. Asistimos a un resurgimiento del dualismo platónico (el mundo sensible – el mundo de la ilusión y el mundo inteligible – el mundo de las Ideas Eternas) en el que la mente se opone al cuerpo.

La tentación de transferir nuestra conciencia a un mejor medio no biológico puede ser fuerte, tan pronto como dejamos de vernos como parte integral del cosmos, dotándonos de características divinas, como la inmortalidad y la inmaterialidad.

El miedo a la pérdida de nuestra humanidad debe considerarse en el contexto de la evolución humana, que está en constante cambio. De hecho, desde su aparición, el hombre siempre ha sido transformado por mutaciones muy lentas. Pero lo que hoy asusta y perturba es la constatación de que podemos intervenir rápidamente y voluntariamente en este desarrollo para orientarlo. La búsqueda se vuelve demiúrgica.

Por lo tanto, estamos en la cúspide de un nuevo mundo de aumento de lo humano, pero ¿será éste siempre humano? La medicina, gracias a la técnica, ya puede, para reparar minusvalías, ofrecer, por ejemplo, implantes retinianos y cocleares. Sin embargo, sabemos que estos implantes se pueden ajustar para ir más allá de la simple reparación y permitir que el sujeto perciba ultrasonidos y  radiaciones infrarrojas. Pero esta opción de aumento es rechazada por la medicina actual porque viola nuestra idea de normalidad. Los transhumanistas, por su parte, se plantean la pregunta a un nivel exclusivamente científico: ¿por qué este rechazo? ¿Por qué no hacerlo?

En cuanto al envejecimiento, los investigadores plantearon la hipótesis, que resultó ser acertada, de que el envejecimiento de las células se debía a su desprogramación y que era posible reprogramar cualquier célula en una célula madre pluripotente capaz de replicar cualquier tejido y así borrar los signos del envejecimiento y reparar todas las patologías. Shinya Yamanaka, un investigador japonés de la Universidad de Kobe, recibió el Premio Nobel de Medicina 2012 por este descubrimiento.

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