Convencionalismo sociales, moral y Masonería

diciembre 22, 2021

Parte I CONVENCIONES Y NORMAS

Dentro de cada sociedad existen diferentes tipos de reglas que tratan de regular las relaciones y conductas de los seres humanos que las integran. Son necesarias para nuestra convivencia. Algunas de ellas han surgido de la costumbre, de los hábitos de la colectividad y han ayudado al sostenimiento social como el respeto, la cortesía, la urbanidad, las buenas maneras, etc. Son los conocidos como convencionalismos sociales o reglas del trato social, que representan una serie de normas de uso externo, que una sociedad impone a sus integrantes. Se construyen a través de la práctica repetida de ciertos hábitos y conductas, llegando a obtener una aceptación general y transformándose en una obligación social.

Por el contrario, las normas morales son un conjunto de creencias, valores y reglas de una persona o un grupo social, que indican cómo obrar correctamente. Representan deberes impuestos por un grupo para su bienestar. Es algo interno no externo, se mueve en la esfera de la intimidad, es una imposición de la propia conciencia, que está influida por la educación y el entorno social. En sociedad, se dice que alguien es moral cuando cumple con las normas establecidas por la sociedad en la que vive. Pero a nivel individual, se dice que alguien es moral si lo que dice coincide con lo que hace y además es bueno, según los criterios establecidos por el grupo.

Las semejanzas que existen entre la convención social y la conducta moral son que ambas regulan la conducta humana y no están sometidas a organismos estatales que obliguen a su cumplimiento, aunque la posible sanción por no respetarlas consistirá en la reprobación social, la exclusión de un círculo social determinado, la mala fama, el desprestigio, etc. Asimismo, marcan lo que es correcto o incorrecto para el grupo. No son normas universales sino relativas, pues cambian de país en país y a lo largo del tiempo, según evolucionan las sociedades. Establecen parámetros para determinar lo que es correcto y por tanto debe realizarse o incorrecto y en consecuencia debe evitarse.

Como podemos ver, estos conceptos tienen que ver con la ética y están relacionados con el relativismo moral. Este se puede entender, desde un punto de vista descriptivo, como la existencia de diversidad de culturas, religiones, tradiciones que varían de unas culturas a otras con la consecución de la no existencia de valores, normas y tradiciones universales por encima de las culturas. Desde un punto de vista ético supondría que no pueden establecerse acuerdos de verdad o falsedad absolutos sino relativos a las tradiciones y prácticas de cada comunidad. Por otro lado, desde un punto de vista normativo diríamos que la única fuente de valor y legitimidad social son las tradiciones culturales, que lo correcto es respetar la diversidad y proteger las tradiciones culturales incluso de las minorías.

Según Marta Postigo Asenjo, profesora titular de Filosofía Moral de la Universidad de Málaga, en el momento que pasamos del juicio descriptivo al normativo estamos incurriendo en una falacia básica, que es la falacia naturalista, la cual supone que del hecho de que existan diferentes culturas y tradiciones se sigue que existe la diversidad y lo correcto es protegerla, confundiendo el ser con el deber ser. Por ejemplo: es como si la sumisión de las mujeres es moralmente aceptable por el hecho de que siempre ha sido así. Se confunde lo que es correcto con lo que es tradicional. Esta falacia fue inicialmente planteada por el filósofo inglés Henry Sidgwick, aunque es conocida gracias a su discípulo Edward Moore que la desarrolló en su libro “Principia Ethica” de 1903.

Por tanto, si bien tanto las normas sociales como morales aglutinan a la gente, les dan una identidad y les ayudan a seguir adelante como grupo, también pueden llegar a ser algo opresivo, restrictivo o controlador cuando las propias convenciones sociales manipulan, segregan, desprecian y oprimen al diferente, o simplemente al que no se ajusta al cliché social que se le exige, dando lugar a múltiples prejuicios que han anulado muchas veces la libertad del individuo.

Frente a esto es importante destacar a quienes se han pronunciado en contra de muchas convenciones sociales y normas morales, trabajando en pro de los derechos civiles, en mejora de los derechos de la mujer, los discapacitados, los movimientos LGTB, los movimientos antirracistas.... llegando a poner en riesgo su propia vida. Gracias a ellos nuestras sociedades han avanzado.

Pero esta evolución no puede significar un retroceso en derechos y libertades. Nos encontramos hoy en día con un momento de cambio en muchas convenciones sociales y en la valoración de lo que es lo moral y si es importante plantearnos esta preocupación. Esto se ha agudizado en estos días de pandemia, pues la humanidad ha tenido que cambiar drásticamente sus convencionalismos externos: el modo de saludar, cómo socializar, cómo protegernos, planteándose al mismo tiempo la importancia de los valores morales para la convivencia y el cuidado del otro.

Por otro lado, en los últimos años estamos viviendo una gran revolución moral y social en el terreno del feminismo, pues nosotras, las mujeres, reclamamos nuestro espacio con más empeño que nunca. La fuerza de las tradiciones y de los convencionalismos han caído como una losa sobre nosotras a lo largo de la historia. Pensemos por ejemplo cuando convencionalismo, moral y religión han ido de la mano regulando el matrimonio, la patria potestad, la herencia, la castidad...y cómo todo esto afecta todavía a millones de mujeres en el mundo. Frente a estos impedimentos, las mujeres hemos logrado representar una fuerza que exige un cambio en las construcciones sociales y en las normas que rigen la convivencia. Estamos exigiendo una sociedad nueva basada en la igualdad de todos sus miembros.

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