21. EL CAMINO

Érase que se era una vieja peregrina que caminaba y caminaba, aunque nunca llegaba a parte alguna. Creía que el camino era su meta y así sin rumbo aparente vivía su vida pensando que su destino estaría en alguna vuelta de su caminar.
Tras diez años caminando ¿A dónde ha llegado? ¿Qué ha conseguido? ¿Qué ha aprendido?
Echando la vista atrás y tratando de recordar cómo pensaba hace diez años y cómo piensa ahora ¿Qué ha cambiado?
No es fácil describir las diferencias porque a lo mejor son muy sutiles o porque a simple vista parece que nada ha cambiado, pero analizando en profundidad sí que ha podido encontrar cambios significativos que se han ido produciendo lentamente a lo largo de esta década de caminar sin apenas descanso.
Hace diez años cuando comenzó su periplo sabía que quería conocerse mejor, ser mejor persona y ver qué podía hacer para que todo a su alrededor fluyese con armonía. Se planteaba qué podía hacer ella para que su vida y la de sus seres queridos con quien convivía fuesen más cálidas, sin tensiones, sin asperezas y sin discusiones vanas.
¿Cómo conseguir todo aquello que anhelaba? Pensando, pensando, se dio cuenta de que lo primero que tenía que hacer era pensar en silencio, guardar silencio, pero no un silencio vacuo sino introspectivo, aquel que le permite escuchar su voz interior, aquel que le permite no estar nunca sola porque está a gusto consigo misma en un diálogo permanente con su yo más íntimo.
Este silencio le permitió analizar y pensar qué tenía que mejorar de sí misma para mejorar su relación con los demás.
Pasado un tiempo de introspección lo segundo que tenía que conseguir era dejar que ese silencio le permitiera escuchar mejor a las personas de su alrededor porque era probable que, si escuchaba más y dejaba de imponer su criterio continuamente, era seguro que aprendería mucho de los demás y se ganaría su respeto. Lo llevó a cabo y funcionó porque es fundamental escuchar para conocer y el conocimiento del otro lleva al entendimiento y la comprensión mutua.
Siguió caminando y pensando que sería lo tercero que debía conseguir para mejorar y llegó a la conclusión que era dejar de querer cambiar a los de su alrededor y empezar a aceptar a cada uno como es. Respetarlos a todos con sus virtudes y sus defectos, había que quererlos por lo que son y no por lo que ella quería que fuesen. Así empezó el cambio que transformó las relaciones tensas en casi armónicas a lo largo de los años.
Este tercer paso fue fundamental para progresar en las relaciones con su entorno y sin darse cuenta incluso fue recuperando relaciones perdidas sin recordar la causa de la pérdida, pero que seguramente la intransigencia tuviese mucho que ver.
Una vez dados estos primeros pasos, ¿cuál sería el siguiente? Y continuó pensando y continuó caminando hasta que se dio cuenta que además de escucharse, escuchar y respetar a los demás tenía que respetarse a sí misma y para ello debía vencer esa vergüenza o timidez absurda que le impedía expresar sus sentimientos y convicciones más profundas cuando era preciso. Este cuarto paso hacia la meta fijada le resultó mucho más difícil de lo esperado porque a veces los sentimientos la desbordaban y no la dejaban expresarse con la fluidez que quisiera.
Para vencer este escollo del camino pensó que para el quinto paso necesitaba imponerse de alguna manera, necesitaba mantenerse es su sitio, no someterse en contra de sus valores, necesitaba mantener su dignidad por encima de todo, no retroceder cuando intentaban acallarla o ridiculizar sus convicciones, pero tampoco podía pasarse y creerse mejor que nadie, tenía que controlar su ego y que no la dominase.
Conseguir este sexto hito no era fácil, necesitaba encontrar un equilibrio y para ello siguió pensando y buscando cuál sería la virtud que le permitiese contrarrestar este exceso de ego que convertiría la dignidad en soberbia. Pensó que debía ser humilde, encontrando en la humildad el contrapunto necesario para mantener ese ego a raya, pero sin perder la dignidad necesaria para hacerse respetar.
Siguió caminando y pensando y se dio cuenta que a esta altura del camino sentía alegría en su corazón. Había dejado atrás la ira que a veces la dominaba, la frustración por no ser capaz de ver con claridad lo que tenía delante, lo que la hace sentirse a gusto consigo misma sin las fruslerías que le hacen creer que necesita y por las que muchos se pierden en una lucha insana por conseguir, cuando lo único necesario es saber vivir en paz consigo mismo y los de nuestro alrededor sin dejarnos cegar por lo prescindible. Había conseguido comprender su séptima meta y una vez comprendido lo que se quiere alcanzar, se está en el camino de su consecución.
A medida que avanza en el camino del saber le resulta más difícil identificar cuál es su siguiente objetivo y sigue caminando y sigue reflexionando sobre cuál será ese octavo paso que le acerque más a su meta. Se da cuenta que para alcanzarla necesita ser generosa, necesita dar a los demás lo que le pidan, pero también necesita aprender a pedir lo que a ella le falta, porque si pide, ayuda a los demás para que sean libres de pedirla. Es otro equilibrio que hay que encontrar: saber pedir y dar con alegría. Encontrar el verdadero significado de la caridad mutua.
En este punto del caminar y caminar y pensar y pensar sobre lo aprendido y lo conseguido, se da cuenta de la paz interior que siente, de la felicidad que ha alcanzado y que quiere mantener porque todo está en un frágil equilibrio, un paso en falso y todo se pierde y tiene que volver a empezar. Es un ejercicio constante de consciencia. De estar a lo que tiene que estar, de no perder la concentración en lo importante, de no distraerse con lo superfluo, de no luchar por lo que no puede ganar, de no frustrarse por lo inalcanzable. Tiene que concentrarse en aquello que sí puede conseguir para que su novena meta le lleve a la tan ansiada felicidad que no es permanente sino una continua lucha por no perderla.
¿Qué debe hacer para no perderla? Se pregunta, para no perder el respeto de sus seres queridos, para no perder su dignidad, para no perder la alegría de su corazón. Para saber pedir lo que necesita y dar a los demás con generosidad. ¿Qué es imprescindible para que todo esto funcione? Parece complicado encontrar una respuesta, sin embargo, es muy sencillo: Lo único que se necesita es AMOR.
(Del libro “Mujeres masonas”, Editorial Masónica)
