NUESTRA EXPERIENCIA MASÓNICA

febrero 26, 2026

20. CONTANDO CUENTOS

Me han pedido una colaboración para el aniversario de la que fue mi logia, Clara Campoamor: me han sugerido que sea en forma de cuento, una historia que revele ese camino iniciático que supone trabajar en logia, el descubrimiento de la muerte, la revelación de la vida. Pero por alguna razón, no puedo concebir una historia de heroínas que atraviesan inmensos desiertos, o laberínticos bosques para penetrar en el recinto sagrado, y no lo puedo hacer porque para eso debería estar al final del camino, haberlo recorrido en su plenitud y, desde la culminación, recoger la enseñanza y desplegarla.

Es evidente que no me encuentro al final del camino, que no tengo la sabiduría necesaria para encerrar esta poderosa enseñanza en una fábula donde las mujeres y los hombres, a través de su propia transformación, se encuentran a sí mismos, por eso no tengo más remedio que recurrir a historias de otros, a aquellas que han ido erosionando mi coraza para dejarme al descubierto, libre de mí, y en esa serena libertad de saberme una más entre este gran todo, poder sentarme tranquila a ver como el azul poderoso de un día de verano se va trocando en dorado, que vibra en intenso rubí que se disuelve en magenta y que se acuna en el oscuro añil de la noche. Suspirar serena y sentirme feliz.

Un hombre sabio que buscaba más allá de la física las incógnitas de la vida, llegó a la conclusión de que “un ser humano forma parte de la totalidad de lo que llamamos el universo, es una parte limitada en el tiempo y el espacio. Se experimenta a sí mismo, a sus pensamientos, a sus sentimientos, como algo separado del resto, lo cual constituye una especie de ilusión óptica de la mente. Esta ilusión supone una prisión para nosotros y nos limita a nuestros deseos personales y al afecto que sentimos por unas pocas personas cercanas a nosotros. Nuestra tarea debe ser liberarnos de esta prisión, ampliando el círculo de comprensión y compasión para contener a todos los seres vivos y a toda la naturaleza en su belleza.”

Se cuenta que en el transcurso de un tiempo antiguo, y en una edad remota, un rey tenía la costumbre de matar a la mujer que había amado la noche anterior, y en esas se unió a una princesa llamada Sharazad, quien para evitar la muerte comenzó a contarle un cuento que se prolongaba hasta el fin de la noche, lo que inquietó al rey que, movido por la inquietud de saber, le perdonó la vida para poder conocer el final del cuento aquella noche. Así transcurrieron mil noches, el tiempo necesario para engendrar un hijo.

Sharazad no solo era una mujer lista, albergaba una gran sabiduría, ya que conocía esas leyes invisibles que mueven nuestras vidas y que nos pasan desapercibidas a la mayoría de nosotras, y así, esas historias, que no son más que la forma en la que nos experimentamos a nosotras mismas, son el discurrir de nuestras vidas, una historia tras otra, una vida tras otra, un final encadenado a otro final, y todas ellas tienen como fin último, la regeneración.

Papageno, tiene la intuición de tocar la flauta, su melodía calculada atraerá a su Papagena, la ley natural se cumple inexorablemente, mientras la Reina de la Noche intenta quebrantar la aspiración de Pamina y Tamino, a sublimar esa vida en otra llena de consciencia y luz. Mismos personajes en estadios diferentes del camino, y en medio, Pulgarcito, un personaje humilde entre los humildes, pero cuya función es la de marcar el camino, dejar un rastro, que tanto permite regresar al punto de partida como señalar el recorrido a los que vienen detrás.

Y en ese camino recorrido por otras antes que yo, es donde me encuentran estas letras, asistida por estos personajes que han sido compañeros en algún momento de mi vida, como ese Patito Feo, “que no sabía dónde meterse y estaba muy triste, porque tenía un aspecto horrible y era el centro de las burlas del corral” porque ni era oca, ni era gallina, ni era pato, ni era ganso, y en un momento dado, incapaz de satisfacer a los demás animales, toma la firme resolución de salir a recorrer el ancho mundo, y el patito se marchó. Se bañó y se sumergió, pero todos los animales le menospreciaban a causa de su fealdad. Y llegó el otoño. Y una tarde, al ponerse el sol bien puesto, una bandada de enormes y hermosísimas aves salió de entre los arbustos. El patito jamás había visto nada semejante, de un blanco tan reluciente y con aquellos largos y ágiles cuellos. Al frío y solitario invierno, siguió la primavera, el sol volvió a calentar y las alondras reanudaron su canto. Y voló hasta el agua y nadó hacia los magníficos cisnes, que al verlo lo recibieron ahuecando el plumaje. Y cuando se sentía morir, fue capaz de ver su imagen reflejada en el agua, que no era la de un torpe y oscuro patito feo y repugnante, sino la de un cisne. ¡Qué importa que hayamos nacido entre patos si hemos salido de un huevo de cisne!”

Hay un momento en el devenir de nuestros trabajos, que cada una de nosotras se ha reconocido cisne y ha descansado, porque se ha sabido en casa, entre iguales, y atrás quedaron las penurias de patito feo, de no encontrar un espacio donde hacernos entender, donde poder expresarnos, donde nuestra palabra resuene y sea escuchada. Y el patito exclamó: “Jamás soñé tanta dicha cuando era el patito feo.”.

Delaura había soñado que Sierva María estaba sentada frente a la ventana de un campo nevado, arrancando y comiéndose una por una las uvas de un racimo que tenía en el regazo. Cada uva que arrancaba retoñaba enseguida en el racimo. En el sueño era evidente que la niña llevaba muchos años frente a aquella ventana infinita tratando de terminar el racimo, y que no tenía prisa, porque sabía que en la última uva estaba la muerte.

Como esos personajes que trascienden más allá de la vida, nuestros trabajos, que son de este mundo, albergan el otro, y se mueven en ese campo nevado donde todo es símbolo, donde cada copo de nieve es una flor única, una joya en sí misma, y aprendemos a mirar tanto como a escuchar, y los secretos se disuelven como la nieve en el agua, en silencio, discretos para ser eso, solo agua.

A medida que avanzaban una primavera verde y llena de flores los envolvía. Las campanas repicaron y ellos reconocieron las altas torres, la gran ciudad que era la suya, se adentraron en ella y llegaron hasta la puerta de la casa de la abuela. Subieron las escaleras y pasaron a la sala donde nada parecía haber cambiado, el reloj hacía tic tac y la manecilla giraba; más al cruzar el umbral advirtieron que se habían convertido en adultos. Las rosas del canalón florecían por las ventanas abiertas y allí estaban sus sillitas infantiles. Kay y Gerda se sentaron en ellas con las manos enlazadas y olvidaron, como si de un mal sueño se tratara, el frío y desierto esplendor del palacio de la Reina de las Nieves.

Y llegó el verano, el cálido y bendito verano.

(Del libro “Mujeres masonas”, Editorial Masónica)

https://www.masonica.es/libro/mujeres-masonas_143577

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