18. DE CARAMBOLA

Llegué de carambola a la Gran Logia Femenina de España hace ya casi cinco años y poco había escuchado sobre la masonería en general y menos sobre las mujeres masonas en particular. Hasta entonces, la única referencia que tenía de la masonería era la que me había llegado a través de algunos comentarios difusos, vagos y críticos, a los que tampoco prestaba atención, debido a la poca consistencia y falta de rigor de la fuente de la que procedían.
Mi prima era masona desde hacía tiempo, pero yo no lo sabía; ella era reservada, como debe ser una buena masona y no lo pregonaba a los cuatro vientos ni presumía de su condición, porque la discreción y la prudencia son algunas de sus señas de identidad: saber callar, aprender a guardar silencio y hablar solo cuando se tiene algo que aportar para enriquecer lo que se acaba de escuchar e iniciar un diálogo interior, para aprender a contestarte a las preguntas sobre la finalidad de nuestra existencia y cómo y qué se puede hacer para mejorar nuestra sociedad. Estas fueron unas de las primeras enseñanzas que recibí en la masonería y me parecieron tan estupendas que sigo pensando que muchas personas se deberían aplicar el cuento.
Un buen día, mi prima me invitó a la presentación de un libro sobre mujeres masonas. Corría el año 2014 y en una reputada librería de Madrid se encontraban reunidas las más altas esferas de la masonería femenina de la Gran Logia Femenina de España, algunos hombres y una foránea, yo.
Me pareció una tarde muy productiva en la que consideré que había invertido bien mi tiempo porque las intervenciones de la audiencia eran magníficas, se vertían ideas muy interesantes y puntos de vista clarificadores sobre el verdadero significado de ser masona por parte de mujeres que conocían muy bien la trayectoria de la incorporación de la mujer en la masonería en España y cómo se habían abierto un hueco hasta llegar a la época actual.
Un nuevo discurso se abría ante mí y reconozco que me agradaba todo lo que escuchaba y lo más importante, iba en consonancia con los ideales que siempre había abrazado; me ofrecía la posibilidad de encontrar un método que me enseñaba a buscar las respuestas a muchas de esas preguntas existenciales que me había planteado, desde la reflexión y la introspección primeramente y después, con el apoyo y ayuda de otras hermanas y hermanos, para conseguir llegar a ser una mejor persona.
Mi prima observaba mi interés en lo que escuchaba y al salir de la librería me preguntó qué impresión tenia. Tuve que reconocer en mi respuesta que ese “halo” de misterio y pseudofanatismo que algunos atribuían a los masones no tenía nada que ver con lo que acababa de vivir y que había asistido a una reunión de un grupo de personas, como digo, casi todas mujeres ilustradas, intelectuales, libres y de buenas costumbres, que se reunían en torno a unos ideales, en consonancia con los de los proclamados en la Revolución Francesa como son la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, y donde este último se identificaba más con la palabra sororidad según los principios de las mujeres masonas.
Fue entonces cuando mi prima me dijo que era masona y que yo tenía “madera” de masona, aunque yo no lo supiera, porque la forma en la que actuaba, lo que pensaba, cómo me comportaba y cómo dirigía mi vida podría encajar y estar en absoluta armonía con la forma de vida que proponía la masonería. Su revelación me sorprendió, no tanto que me dijera que ella era masona, sino que yo podría serlo también, cuestión que, hasta ese momento no me había planteado.
Mi iniciación llegó unos años después y no me arrepiento en absoluto. Tengo la certeza de que ahora soy una mujer más tolerante, solidaria y reflexiva, y a la vez, más consciente de mis limitaciones y defectos, que procuro controlar y atemperar para que no dominen mi raciocinio. Camino, y en el propio camino está la búsqueda. Y la respuesta. El viaje está iniciado y para mí no hay vuelta atrás.
En esta senda elegida libremente por la que ahora transito está mi progreso, la mejora y el perfeccionamiento que encuentro con el análisis de mis palabras y mis actos, y cómo estos pueden influir sobre mi estado de ánimo y cómo me percibo y cómo me ven los demás.
Soy discreta, como mandan nuestros cánones masónicos, y doblemente discreta por mi trabajo. Soy policía y tuve la fortuna de ser una de las primeras mujeres policía de España. Mi condición y experiencia policial no interfieren ni dificultan mi vivencia como masona, muy al contrario, creo que se retroalimentan y se aportan perspectivas que cada día descubro que son más próximas. Policía y masonería quieren la protección de los derechos fundamentales proclamados en nuestra Constitución, que la justicia y la verdad se impongan, que no haya diferencias entre razas, sexos, procedencias o ideologías, no se admiten fanatismos y trabajan ambas para que se imponga el bien común y que se respeten los derechos, las leyes y las libertades con la limitación de no contravenir las de los demás.
Masonería y Policía trabajan fuera de dogmas y creencias determinadas que nublen el pensamiento lógico y buscan ambas la unidad en la diversidad, todos los elementos que componen ambas organizaciones tienen el mismo valor y todos conforman un cuerpo cuya entidad va mucho más allá de la mera suma de sus partes, porque su soberanía reside en la universalidad de sus miembros.
En mi trabajo no saben que soy masona, pero porque esa reserva la llevo hasta el extremo de confesar que, en mi comunidad de vecinos, en la que vivo desde hace más de 25 años, tampoco saben que soy policía. No lo he dicho porque considero que pertenece al ámbito de mi esfera privada, en el primer caso y en el segundo, por seguridad, y para mejor ejercer mi profesión que así nos impone la discreción.
Mi experiencia masónica es muy positiva y animo a las mujeres, cualquiera que sea su edad, condición, profesión, ideología y origen, a practicar la masonería y a incluir entre sus metas la de conocerse para conocer mejor a los demás y a mejorase para así mejorar la sociedad que nos rodea.
(Del libro “Mujeres masonas”, Editorial Masónica)
