
Pueblo. Foto: GOT
Llevamos varias décadas siendo testigos de la creciente despoblación (que afecta a numerosas regiones de nuestro país), del avance del cambio climático (que provoca récords inquietantes en temperaturas, precipitaciones e incendios) y de la ausencia o ineficacia de las políticas integrales que aborden la conservación del patrimonio rural y la protección de la salud ambiental. Todo ello nos ha llevado a un escenario que exige que aportemos soluciones urgentes decididas y, ante todo viables.
Una de las claves para revertir esta situación podría ser cambiar la mirada hacia lo que algunos denominan la “España vaciada”, pero que para muchas personas representa una “España llena” aún por aprovechar: llena de recursos naturales, de saberes tradicionales, de oportunidades para una vida digna y de soluciones sostenibles frente a los grandes desafíos contemporáneos.
Pero lo primero que observamos al mirar nuestro medio rural es la despoblación. Ese éxodo que desde mediados del siglo XX, ha generado profundas desigualdades entre el medio urbano y el campo. Por citar algún dato, el Instituto Nacional de Estadística, recoge que, en 2023 más del 80 % de la población española residía en áreas urbanas, mientras que solo el 20 % lo hacía en zonas rurales. Esta concentración poblacional afecta, especialmente a aquellos municipios con menos de 1.000 habitantes, que representan el 61,3 % del total en España (casi 5.000 municipios) y que apenas concentran el 3 % de la población.
La desaparición de servicios básicos como centros de salud, escuelas, transporte público o acceso a internet, agrava aún más esta situación. En la última década, las dificultades para acceder a tiendas y supermercados han aumentado un 32,3 %, los servicios postales un 30,9 % y la atención médica un 18,6 %. En algunas zonas rurales, los habitantes deben recorrer más de 20 kilómetros para acceder a un centro de salud o una estación de tren. Esta falta de infraestructuras y oportunidades laborales y educativas empuja a la población joven a emigrar, dejando atrás comunidades envejecidas y con escasa capacidad de regeneración.
Pero este no es el único problema. El medio rural, además de ser víctima de la despoblación, es también una pieza clave para combatir el cambio climático. Las sequías prolongadas, los incendios forestales y la pérdida de biodiversidad, entre otros efectos del cambio climático, se ven incrementados por la pérdida de prácticas agrícolas, ganaderas y de aprovechamiento y conservación de nuestros bosques. Actividades que pueden ser fundamentales en la transición hacia modelos sostenibles y en la gestión de esta crisis climática.
Por tanto, nuestro medio rural, lejos de ser un espacio residual, tendría que ser tratado como un contexto con potencial transformador, capaz de ofrecer respuestas a los grandes retos del siglo XXI. Para ello, es imprescindible cambiar la mirada, reconocer su valor y apostar por políticas que lo sitúen en el centro de la agenda pública. Habitar el medio rural con conciencia es, hoy más que nunca, un acto de justicia y de futuro.
