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En el Día Internacional de las Bibliotecas nos unimos a esta celebración y queremos resaltar la importancia del libro, de la lectura y de las bibliotecas, espacios fundamentales para el acceso al conocimiento, la cultura y la convivencia.
La profesión bibliotecaria está altamente feminizada, con alrededor del 80 % de mujeres entre sus profesionales. Esta realidad hunde sus raíces en una larga tradición vinculada a la enseñanza, al cuidado y transmisión del conocimiento y también a esas tareas imprescindibles de ordenar, clasificar y poner la cultura al alcance de toda la ciudadanía.
Hoy contamos con una amplia red de bibliotecas, situadas tanto en las ciudades más dinámicas como en los pueblos más pequeños y tranquilos. En todos estos lugares encontramos un espacio abierto al encuentro, al aprendizaje y a la participación, que ofrece actividades de muy diversa índole y que se ha convertido en un importante punto de referencia para la vida cultural y social de nuestras comunidades.
Lejos de los estereotipos, queremos recordar hoy a mujeres valientes y comprometidas, auténticas "amazonas de las letras", como las denomina Irene Vallejo en su libro El infinito en un junco (Siruela, 2019). Allí recupera la historia de las bibliotecarias a caballo de Kentucky:
"Combatir el desempleo, la crisis y el analfabetismo mediante amplias dosis de cultura sufragada por el Estado: ese era uno de los cometidos de la Work Progress Administration. En torno a 1934, cuando se concibió el proyecto, solo se registraba un libro per cápita en el estado de Kentucky. En el empobrecido territorio montañoso del este, sin carreteras ni electricidad, era impensable poner en marcha un sistema de bibliotecas móviles en vehículos, que tanto éxito estaban alcanzando en otras zonas del país. La única alternativa era lanzar a las aguerridas bibliotecarias por las trochas de los Apalaches para que llevasen a cuestas los libros hasta los reductos más aislados".
Aquel programa llegó a emplear a casi mil bibliotecarias durante una década. Al principio tuvieron que enfrentarse al recelo de unas comunidades poco acostumbradas a recibir visitas. Sus habitantes temían tanto a las autoridades como a los delincuentes que recorrían aquellas montañas. Además, aquellas jóvenes que llegaban solas, cargadas de libros y ofreciendo un intercambio gratuito, despertaban sorpresa e incluso sospecha. Sin embargo, como relata Irene Vallejo,"vencido el primer brote de desconfianza, los montañeses se habían transformado en ávidos lectores".
Los archivos conservan relatos emocionantes sobre aquellas mujeres. Cuando ya eran reconocidas como bibliotecarias a caballo, eran recibidas con gritos de alegría por los niños y niñas que les pedían nuevos libros para leer. Otros testimonios recuerdan cómo las lecturas realizadas en los hogares llegaban también a padres y madres que no sabían leer. Entre todos esos recuerdos destaca la frase de un joven que dijo a su bibliotecaria:"Esos libros que nos trajiste nos han salvado la vida
Por historias como esta, y por tantas otras que se escriben cada día en nuestras bibliotecas, hoy queremos expresar nuestro reconocimiento a todas las bibliotecarias y bibliotecarios. Gracias por su trabajo, por su compromiso con la cultura y por hacer de las bibliotecas lugares de encuentro, conocimiento y libertad.
¡Mil gracias a las bibliotecarias y bibliotecarios!
Nota: Esta historia también se recoge en el álbum ilustrado Bibliotecarias a caballo, de Concha Pasamar (Editorial A Fin de Cuentos, 2022).
