19. ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE MI EXPERIENCIA MASÓNICA

Abarcar la totalidad de mi experiencia masónica en la Logia Clara Campoamor, desde que me inicié en diciembre de 2012 hasta hoy, me parece una tarea compleja y difícil de explicar en unas pocas páginas. Por eso he optado por focalizar mi reflexión en torno a un tema concreto a través del cual voy dando pinceladas sobre mi evolución y recorrido como masona.
Lo que quisiera desentrañar a través de este trabajo es cómo el silencio de la aprendiza prepara el camino para llegar a cultivar la capacidad de escucha de la maestra.
El silencio y la escucha son imprescindibles para profundizar en la reflexión sobre una misma, sobre los demás y sobre el mundo en el que nos ha tocado vivir.
El silencio y la escucha actúan como condiciones necesarias para que una persona avance en su proceso de toma de conciencia individual y colectiva.
El silencio y la escucha forman parte del camino que nos señala el método masónico para perfeccionarnos y alcanzar un mayor autoconocimiento y una mejor comprensión de la realidad.
El silencio, a pesar de las virtualidades que acabamos de enumerar, puede llegar a incomodarnos. Nos acerca a una especie de abismo de nuestro ser pues nos enfrenta con nosotras mismas, nuestras acciones, nuestras decisiones, nuestra manera de relacionarnos con los demás y con el mundo. Es casi más importante que mirarnos detenidamente en el espejo. Si una está en paz consigo misma lo vive con serenidad y plenitud. Si, por el contrario, una se encuentra en un momento complicado puede tener la tentación de la huida y de llenar cada segundo con lo que sea. Así la vida se llena de “ruido”, que pretende ser un potente analgésico, o de acciones vertiginosas y actividades sin parar para con ellas consumir el tiempo y no enfrentarse con las complicaciones, dudas y problemas que nos hacen daño. Es algo así como correr no se sabe hacia dónde y muy deprisa, una expresión popular lo dice de forma certera “como pollo sin cabeza”.
La tentación de la huida y de llenar el tiempo que acabamos de describir como fenómenopsicológico se agrava fácilmente en nuestro presente porque vivimos en un contexto cultural y social donde este fenómeno se amplifica y se da a escala general. El “ruido”, las prisas, la velocidad, el activismo de cualquier índole constituyen formas sofisticadas de consumismo que impregnan toda la manera de vivir del siglo XXI, al menos en Occidente.
La masonería tal y como yo la entiendo te incita a dejar los metales, expresión masónica que significa desaprender las convenciones y prejuicios, y a profundizar en lo que nos hace más humanos. Por ello, la aprendiza en su proceso de transformación ha de buscar como aliado al silencio que le va a acompañar en su meditación y en su búsqueda. Luego el silencio no es una mera obligación que se le impone sino, como decíamos más arriba, una condición necesaria, imprescindible y facilitadora del camino a recorrer.
En mi etapa de aprendiza viví el silencio como una especie de cómplice que me ayudaba a observar, a analizar, a comprender y a tener una experiencia peculiar y sutil que me aproximaba a los símbolos masónicos, desde el asombro inicial a las primeras interpretaciones balbucientes, y que me permitía vivenciar los valores masónicos desde lo emocional y no solo desde lo conceptual. Así fui integrando, mejor de lo que hasta entonces había hecho en mi vida, la razón y el corazón y fui comprendiendo que como decía Pascal “el corazón tiene razones que la razón no comprende”. Y fui aceptando con serenidad que del mismo modo que “el sueño de la razón produce monstruos”, como nos enseña brillantemente Goya en uno de sus más conocidos gravados, el exceso de razón también genera sus monstruos particulares.
Silencio y reflexión en el templo, con los rituales y a través de las relaciones con mis hermanas me fueron mostrando el camino que me ha permitido ampliar mi conciencia, conocer mis limitaciones e ir limando mis asperezas.
Si eres una persona mínimamente reflexiva ese modo de estar en silencio te va resultando cada vez más confortable de modo que te encuentras muy a gusto en él. Esa fue mi experiencia y por ello me desagradó en un primer momento la propuesta de pasar a compañera.
Pero indudablemente la perspectiva de seguir ampliando mis conocimientos tanto de mi misma como del mundo me compensaban con creces ese momento inicial de incomodidad.
Transité con gusto los cinco viajes de la compañera y me empleé a fondo en la interpretación y el uso de las nuevas herramientas simbólicas participando activamente en los trabajos de mi logia y aportando mis pensamientos y sentimientos en palabras compartidas con mis hermanas. Pero nunca olvidé que el silencio es un buen compañero, un buen cómplice y una práctica muy beneficiosa: saber estar en silencio no para hundirte en el vacío de la soledad e inacción sino para crecer como ser humano que ahonda en lo que nos hace más humanos, capacidad de reflexión, conciencia personal y social, empatía, respeto y tolerancia.
Entiendo que lo más específico del segundo grado de la masonería es revertir todos los aprendizajes del periodo de aprendiza hacia el exterior, hacia el mundo, con un afán universalista tanto en relación con la adquisición de conocimientos como con la consolidación del compromiso moral.
La fraternidad no puede ser solo una palabra bonita sino el principio que da sentido a lo que somos y lo que hacemos en nuestra logia, en la masonería y en la vida cotidiana. La actividad masónica no puede circunscribirse únicamente al templo y a los trabajos con nuestras hermanas sino que ha de incorporarse a todos los ámbitos de nuestra vida.
Tras el disfrute del segundo grado llegó la tragedia en forma de ritual de elevación amaestra. Me gustó desde el primer momento el estilo narrativo del mismo que me enfrentaba con una cruel experiencia: el asesinato, la traición, el dolor, que a través del relato ritual se va transformando en una vivencia de esperanza y liberación gracias a la perseverancia en nuestros principios, la serenidad y aceptación de la vida y la muerte y el esfuerzo continuado en favor de que reine la paz, la alegría y la belleza entre los seres humanos.
Escuchando y profundizando en el ritual se empieza a atisbar cómo transmutar el dolor en una cura, es decir, en el ejercicio de una actividad de liberación del sufrimiento que da consuelo y alegría en la medida en que se practican los valores masónicos.
La experiencia masónica en general y la escucha en particular desarrollan capacidades y generan actitudes que tienen efectos liberadores.
Analizando la capacidad de escucha de la maestra entiendo la idoneidad de comenzar el recorrido masónico ejercitándose en un silencio activo de la aprendiza dado que este nos brinda la oportunidad de parar el cúmulo de estímulos externos que en nuestra sociedad muchas veces nos confunden y aturden para atender a lo esencial y auténtico buceando en nuestro interior y escuchando a las compañeras y a las maestras, a los símbolos y a los rituales.
Si las maestras logramos cierta pericia en saber escuchar es un gran logro porque nos da una mayor calidad de vida ya que nos hace más humanas. Pocas cosas reconfortan más que saberse escuchado y hay pocos placeres espirituales mayores que el encuentro con el otro.
Escuchar, auscultare en latín, es según la etimología de la palabra, oír con delicadeza y atención. En el fondo es ser atento con el otro, manifestarle nuestro respeto, tomarle en serio. Es atender y entender las razones del otro, es ser receptivo. La actividad de la escucha es silenciosa pero no por ello pasiva pues exige intencionalidad y conlleva esfuerzo y constancia. Es, curiosamente, uno de los actos más libres dado que se puede obligar a callar, pero no a escuchar.
Las dificultades más graves que nos encontramos para escuchar están en nuestro interior.
En primer lugar, descubrimos esas pantallas internas que construimos llamadas prejuicios. Son valoraciones que hacemos del otro a partir de un elemento parcial y sin conocimiento de causa. Con ellas levantamos un muro entre el otro y yo que impide el acercamiento y la escucha.
En segundo lugar, nos encontramos con el ego y su prepotencia y soberbia. El acto de escuchar exige el descentramiento pues es un acto de atención hacia el otro, de respeto a su persona y de apertura a su mundo. El ego es un obstáculo a la hora de escuchar porque tiene como única referencia al “yo”, excluye al “otro” o se abre a él solo con fines instrumentales. Únicamente puede escuchar quien se libera de prejuicios y quien se abre a la dimensión del otro.
Como maestra masona entiendo la escucha en una doble dirección, hacia mí misma y hacia los demás.
La escucha dirigida hacia una misma entronca directamente con el silencio de la aprendiza puesto que continúa el proceso de análisis y reflexión sobre una misma que nunca se puede abandonar para nunca dejar de aprender y perfeccionarse. Se supone que el método masónico va haciendo su trabajo o, mejor dicho, una aprende ejercitando y aplicando el método. Así vamos conociendo mejor nuestras debilidades y fortalezas, analizando con más agudeza las relaciones con las hermanas y con los seres humanos y leyendo con una visión más completa y lúcida las situaciones en las que nos encontramos y los problemas a los que nos hemos de enfrentar.
La escucha hacia las demás adquiere una especial relevancia porque en realidad toda masona lo es porque sus hermanas la reconocen como tal. Aunque practicamos la autonomía personal y desarrollamos un criterio propio, creo que no se nos escapa que es en el reconocimiento de los demás donde se asienta el criterio de verdad de quienes somos y de lo que hacemos.
Además, la forma de aprendizaje que practicamos las masonas se basa mucho en la capacidad de escuchar.
Escuchar es beber en las fuentes de la tradición y reconocer la sabiduría de nuestros mayores, es estar atenta a lo que puedo aprender de las que me precedieron y de las que me acompañan en el camino, es abrirse a las demás, es considerarse siempre una igual, es aceptar las críticas, es abrir vías de comunicación, es estar disponible. Implica poner en acción muchos de nuestros valores: respeto, tolerancia, superar los prejuicios, tener la mente abierta, tener mucha paciencia y perseverancia y, en definitiva, practicar la fraternidad.
Entiendo que la masona se instala en el mundo en cierta forma como un ser poco convencional porque lucha contra la superficialidad, la vacuidad, el ritmo vertiginoso, el griterío y la verborrea y busca una calidad de vida más ligada a la profundidad, al conocimiento, al sosiego, a la escucha y al diálogo. Practicando el arte de escuchar nos vamos haciendo más sabias y humanas.
Valga este ejemplo de reflexión sobre un aspecto concreto para ilustrar mi proceso de aprendizaje en la Logia Clara Campoamor. En ella he ido experimentando que los sinsabores e inquietudes de la vida se vuelven menos agobiantes si nos abrimos a un encuentro fraternal que es tanto más posible y sincero si miramos a los demás como iguales y practicamos la tolerancia. Siento que mi experiencia en la Logia Clara Campoamor me ha enseñado que en el abrazo fraternal encontramos la fuerza para seguir luchando por nuestros ideales.
(Del libro “Mujeres masonas”, Editorial Masónica)
